
Mi nombre es Harold Cortés. Soy comunicador social, escritor y teólogo colombiano. A lo largo de los años trabajé como periodista y editor en reconocidos medios a nivel nacional, y fui premiado en distintos concursos de cuento, poesía y crónica, tanto en Colombia como a nivel internacional.
Tengo una maestría en Estudios Teológicos del Seminario Reformado Latinoamericano (Medellín) y actualmente curso una maestría en Estudios Literarios en la Universidad de Buenos Aires (Argentina). Mi pasión por las letras me llevó a fundar Libreta Negra, un proyecto editorial independiente para la publicación de libros de literatura y teología, con la convicción de que las palabras pueden sanar, construir y revelar propósito.
Más allá del oficio, soy un comunicador de buenas noticias. En el contacto con las personas —desde una conversación sincera o una oración compartida— descubrí que mi verdadera vocación está en acompañar. He trabajado en grandes empresas y servido en distintas iglesias, pero con el tiempo entendí que mi lugar de servicio es el hogar: ese espacio íntimo en el que Dios transforma la vida.
Una infancia entre ausencias
Nací un martes de 1993 en el seno de una hermosa familia que, con el tiempo, se disolvió. Como muchos niños, crecí en un hogar fragmentado: mis padres se divorciaron cuando era pequeño y la ausencia de mi papá —durante más de veinte años— marcó profundamente mi historia. A pesar de todo, guardo recuerdos cálidos de aquellos primeros años, aunque los vacíos afectivos dejaron raíces invisibles.


La búsqueda de propósito
En la adolescencia intenté llenar esos vacíos con sueños de gloria en el fútbol, pero una lesión me detuvo en seco. Fue un golpe duro, pero providencial.
En medio de esa confusión, Dios me habló con claridad: «Serás un comunicador de buenas noticias». Esa convicción me llevó a estudiar periodismo con todo el corazón, aunque aún cargaba heridas que no sabía nombrar.
A los 22 años me casé. Soñaba con formar una familia distinta, una historia nueva. Pero mi alma seguía dividida, insatisfecha: buscaba a Dios con pasión, mientras deseaba el aplauso y la admiración del mundo. La llegada de mi hija Elisabet fue una bendición inmensa, pero también un espejo que me permitió ver mis debilidades: sin notarlo, empecé a desplazar a Dios del centro.




El colapso
Mi casa —la física y la interior— se vino abajo. Perdí mi matrimonio tras ocho años. Me vi sumido en la oscuridad, batallando con la culpa, el orgullo, los vicios y una profunda depresión. Llegué a considerar que la vida ya no tenía sentido. Y, como en el Cantar de los Cantares: «Abrí yo a mi amado, pero mi amado se había ido… lo busqué y no lo hallé». Mas ahí, en el desierto, comprendí que Dios aún llamaba a mi puerta.
Mi «vuelta a casa» fue un proceso largo, a veces doloroso, pero profundamente transformador. Dios no solo me levantó: me desarmó con amor, me disciplinó con firmeza, me santificó en medio del dolor. Aprendí a reconstruir desde los escombros, a levantar un altar verdadero, a conocerlo más allá de los conceptos. Dios fue paciente, pero también claro. No me rescató para volver a lo mismo, sino para hacer algo nuevo.
Restauraciones
En ese proceso, Dios restauró mi relación con mi papá —a pesar de la distancia geográfica— y pude sanar muchas heridas del pasado. Aunque Dios en su soberanía no restauró mi matrimonio, esa prueba me ha enseñado a ser mejor papá, hijo y siervo, convencido de que Dios aún no ha terminado conmigo.
Como escribió el apóstol Pablo:
«Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. 16 Pero por esto fui recibido a misericordia, para que Jesucristo mostrase en mí el primero toda su clemencia, para ejemplo de los que habrían de creer en él para vida eterna. 17 Por tanto, al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios, sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén». 1 Timoteo 1:15-17, NTV.
Mi historia no es la de un héroe que venció, sino la de un pecador que fue alcanzado. Y cada día, en lo cotidiano, vuelvo a decirle a Dios:
«Ven a mi casa».