Cómo Superar la Sensación de Vacío Existencial


¿Alguna vez has sentido que nada tiene sentido? ¿Que no sabes cuál es el propósito de tu vida?

Sé que te has sentido así, y me atrevo a decir que muchas veces. El problema de fondo no es si tú o yo hemos sentido alguna vez que “nada tiene sentido”. El verdadero problema es que pensamos que no es normal.

Pero no estamos solos.

El rey Salomón —el hombre más sabio y rico del antiguo Cercano Oriente— llegó a esta misma conclusión. En su obra cumbre, Eclesiastés, afirmó: “Vanidad de vanidades… todo es vanidad”. En otras palabras: nada tiene sentido en absoluto.

Esta sensación es aplastante, lo sé. Salomón nos cuenta que procuró infinidad de cosas para quitarse ese peso de vacío existencial. Entre ellas:

  1. Sabiduría y conocimiento.
  2. Trabajo y esfuerzo humano.
  3. Placeres y diversiones.
  4. Vino y experiencias sensoriales.
  5. Grandes obras y proyectos.
  6. Riquezas y posesiones.
  7. Poder y estatus.
  8. Arte y entretenimiento.
  9. Comparar sabiduría y necedad.
  10. Logro y legado personal.

La conclusión a la que llegó es contundente:

“Llegué a odiar la vida, porque todo lo que se hace aquí, bajo el sol, es tan complicado. Nada tiene sentido, es como perseguir el viento” (Ecl. 2:17).

¿Qué hacer cuando todo parece sin sentido, cuando no se le encuentra razón al esfuerzo personal, cuando pensamos que la vida es un soplo y que, al final, no hay diferencia entre el trabajo duro o la calma, entre tener algo que hacer o no hacer nada?

El punto de partida es entender que esta sensación hace parte de la experiencia humana.

No eres anormal.
No eres subnormal.
No eres una falla del sistema.
No eres la primera ni la única persona en la historia que siente lo mismo.

Si puedes estar de acuerdo conmigo en esto, ya llevas más de la mitad del trabajo adelantado. A partir de aquí, quiero proponerte seis aspectos que vale la pena tener en cuenta para vivir con mayor sentido y propósito.

Dios no trabaja con afanes. Dios trabaja con calma.

Los relatos bíblicos muestran que Dios va madurando el carácter de las personas a través de circunstancias concretas y les enseña el camino que deben seguir a medida que caminan. Lo peor que uno puede hacer es lanzarse sin rumbo fijo, correr por correr, pensar que «todos los caminos conducen al cielo».

El afán y la ansiedad son una pésima estrategia para encontrar propósito en Dios.

Ahí están José, David, Elías; Ana, Sara, Ester. Pero piensa en Moisés. Huyó de Egipto, aunque había sido príncipe, y solo cuarenta años después regresó para cumplir su llamado de liberar al pueblo (Hch. 7:23; Ex. 7:7). ¡Cuarenta años!

¿Te imaginas tener 40 años y solo hasta los 80 darte cuenta para qué naciste?

Yo no creo que Moisés haya sido un fracasado por “desperdiciar” 80 años intentando encontrarle sentido a su vida. Para Dios —y para los creyentes de todas las épocas— Moisés es un ejemplo de fe, servicio y valor.

Así que no te afanes. Date tiempo. No se te está «yendo el tren». No tienes que demostrarle nada a nadie.

Tú pones tu ritmo, guiado por Dios.

David lo expresó así: “Con paciencia esperé que el Señor me ayudara” (Sal. 40:1). Espera en Él. Baja las revoluciones. Pero que esa espera no sea pasiva: presta atención a lo que Dios te está enseñando ahora, porque lo necesitarás después.

Antonio Machado escribió:

Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.

Este poema me gusta porque recuerda algo fundamental: la ruta no se revela antes, se revela mientras caminas.

Deja de pensar que el día en que te ocurra algo extraordinario sabrás automáticamente para qué naciste. Haz que las cosas pasen, un día a la vez.

No esperes que todo te llegue por “ósmosis” o por una supuesta “revelación espiritual”. Es caminando —y equivocándose muchas veces— que uno empieza a entender cuál es su lugar en el mundo.

“El corazón del hombre piensa su camino; mas Jehová endereza sus pasos” (Pr. 16:9). El texto da por sentado que este hombre está pensando y está caminando. Dios no endereza los pasos de alguien que no se mueve.

Quizá te preguntes si estás perdiendo el tiempo. Algunos creen que quedarse quietos es menos costoso que intentarlo y fallar. Pero olvidan esto: “Del Señor son los pasos del hombre” (Pr. 20:24). Para quien cree en Dios, hay una garantía: Él gobierna incluso nuestros desvíos. Es un misterio, sí, pero así funciona.

Dios promete darte la claridad necesaria, no total. La Biblia dice: “Lámpara es a mis pies tu Palabra” (Sal. 119:105). Una lámpara alumbra el siguiente paso, no el destino final.

Un ejemplo interesante es lo que Dios le dijo a Adán y Eva en el Edén: “no coman del árbol del conocimiento del bien y del mal”. Esta no es la restricción de un aguafiestas cósmico; Dios quería enseñarles lo bueno y lo malo poco a poco. No es sabio saber todas las cosas en todo momento. Salomón aconsejó: “Así que ¡no seas demasiado sabio! ¿Para qué destruirte a ti mismo?” (Ecl. 7:16).

No estamos diseñados para saberlo todo. No tenemos una mente infinita capaz de abarcar todos los misterios a la vez; se aprende mejor por partes. Dios lo sabe y nos enseña de manera progresiva, escalón por escalón.

Supongamos que deseas ir a otro país para empezar una nueva vida, pero Dios te mantiene en tu ciudad actual, en circunstancias que no quieres. Crees que ese cambio le dará a tu vida el propósito que buscas. Pero si hoy mismo fueras trasladado allí, ¿estarías realmente preparado? ¿O incluso seguro de que ese es el cambio que necesitas?

Si aún no estás donde quieres estar, ¿has considerado que tal vez es porque no es el tiempo o el lugar correcto?

Este tiempo de espera es útil: Dios te está formando para lo que vendrá después. Acepta que el camino hacia tu llamado está en sus manos y que no siempre conoceremos el siguiente paso. Eso es bueno, porque si dependiera de nosotros, probablemente nos precipitaríamos a tomar decisiones que acabarían en sufrimiento. La incertidumbre nos enseña a depender más de Dios.

Escribo esto con conocimiento de causa.

He querido ser futbolista, administrador, psicólogo, ingeniero, comunicador social, teólogo, emprendedor, poeta, docente, editor, conferencista, actor. Hoy soy una mezcla rara de todo eso. Y aun así, no sé si estoy exactamente donde “debería” estar.

Pero hay algo que sí sé: todo eso me ayudó a saber quién soy. Descubrí talentos que no sabía que tenía, ¡y también confirmé para qué definitivamente no soy bueno!

Explorar no es perder el tiempo.

Te recomiendo que empieces a incluir en tu rutina tres tipos de actividades: deportivas, intelectuales y artísticas. El próximo mes, empieza esa clase de natación que tanto has postergado. Inscríbete en ese curso de matemáticas que te apasiona, aunque no tenga nada que ver con tu profesión actual. Compra lana y aprende a tejer esa prenda que tanto te gusta.

La experiencia me dice que, cuando empezamos a explorar distintos caminos, aparecen personas, perspectivas e ideas que te encaminarán hacia tu nuevo destino.

Detente. Respira. Pilotear esta vida requiere sabiduría y una mente en calma.

“Harold, por más que lo intento, no sé cómo tener calma”, dirás. La meditación cristiana consiste en silenciar el corazón para escuchar a Dios. Empieza por allí: silencia tu corazón, tus palabras, tus pensamientos.

Quizá el sentido de vacío que sientes se deba precisamente a cansancio emocional, a invertir una enorme cantidad de energía en pensar cómo resolver tus problemas. A lo mejor no es que no sepamos qué hacer con nuestras vidas, sino que estamos tan cansados que el cerebro entra en estado de alerta, en modo supervivencia.

¿Existe alguna técnica para calmar la ansiedad? Hay muchos métodos humanos, pero ninguno tan eficaz como este: “Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados; yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es suave y mi carga es liviana”, dice el Señor (Mt. 11:28-30).

En otras palabras: “Deja de intentar tener el control de todo; deja de querer ganar el cielo por tus propios medios y en tus propias fuerzas; deposita toda tu existencia en mí y yo tomaré el timón del barco”.

Y cuando dejamos de querer controlar todo y entregamos el timón a Cristo, la calma llega.

Se me vienen a la mente todos los sistemas y modelos con los que intenté hallar el “sentido de mi vida”: filosofías griegas, orientales, japonesas. Pero con el correr de los años entendí algo: aunque hiciera lo que amara, lo que soy bueno haciendo, lo que el mundo necesita y lo que me pagarían por hacer, el vacío permanecerá.

¿Por qué? Porque, como dice Salomón, Dios “sembró eternidad en el corazón humano” (Ecl. 3:11). Y lo eterno solo se llena con lo infinito.

Por eso el gran sabio concluye su libro, diciendo: “Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque este es el todo del hombre”.

Fuera de Dios, todo es vanidad. En Él, incluso el sinsentido encuentra marco. Estás en su mano. No te soltará. El Verbo que sostiene el universo no te perderá en los laberintos de esta vida. Por eso David pudo decir: “Aunque afligido y necesitado, Jehová pensará en mí” (Sal. 40:17). Qué frase tan consoladora: el creador del universo piensa en mí.

Pero ¡ay de quien vive separado de Cristo!, solo queda un vacío cósmico en el corazón. Quien está escondido en Dios, aun sin entenderlo todo, nunca estará perdido.

Concluyo diciéndote que no estás solo o sola en este camino. Eres parte de una inmensa mayoría de personas que se preguntan cómo encontrar sentido a su vida, pero también de una enorme minoría que ha puesto su vida en las Manos correctas. Esta noche dile a Dios que te ayude a tener una mente serena para ver Su mapa con mejor claridad. Sigue caminando, nunca te detengas. Di como el salmista:

El Señor llevará a cabo los planes que tiene para mi vida,
pues tu fiel amor, oh Señor, permanece para siempre.
No me abandones, porque tú me creaste.

—Salmos 138:8.


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