Han sido muchas las ocasiones en las que he pensado que, si un proyecto o una tarea está dando resultados importantes, entonces es exitoso. A casi todos nos han enseñado eso, y tal vez por eso muchas personas que no logran ver grandes frutos en su trabajo, en su familia o en su ministerio terminan frustradas. Solemos medir el impacto de lo que hacemos según la cantidad de resultados visibles.
Pero la lógica de Dios es muy diferente.
ALTAS EXPECTATIVAS, POCOS RESULTADOS
Recuerdo que cierto día un amigo muy especial, pastor de una iglesia en Estados Unidos, me dijo con aire pensativo: “No estoy teniendo los resultados que espero”. Su iglesia estaba conformada por un grupo pequeño de familias, y algunas habían comenzado a faltar al culto y a participar poco en los procesos de liderazgo. Eso estaba drenando su energía y, con ella, su motivación.
Hablamos durante un buen rato sobre posibles “estrategias” para impulsar el crecimiento y generar una “cultura” ministerial de alto impacto. Cuando colgamos, creímos haber resuelto el asunto. Sin embargo, con el tiempo notamos que los resultados seguían siendo los mismos: baja asistencia, poco crecimiento y, en fin, las mismas personas —en su mayoría adultos mayores— que domingo a domingo asistían a la congregación.
Confundidos, llegamos incluso a preguntarnos si Dios lo estaba llamando a otro tipo de servicio, o si era momento de implementar estrategias evangelísticas para “renovar la sangre” de la iglesia.
Poco después, mi amigo me llamó con una noticia que lo tenía profundamente triste: el distrito hispano de su denominación había decidido cerrar la iglesia. ¿La razón? “Ya no se puede sostener el arrendamiento ni el pago de los servicios y del ministerio pastoral”, me explicó.
Por aquel entonces, yo también tenía un pequeño grupo de estudio bíblico en casa, de no más de cinco personas. Esa noticia me llevó a cuestionarme si yo mismo debía servir a Dios de otra manera: tal vez como escritor, periodista o en algo que tuviera un “mayor impacto”.
Semanas después, este pastor volvió a llamarme con entusiasmo: “¡Hay una opción muy buena! Creo que Dios me está guiando a tomar esta decisión”. Estaba considerando unirse a un ministerio más grande que ofrecía servicios en inglés. Eso le permitiría contar con un equipo pastoral, liderar el proyecto en español y aprovechar mejores instalaciones y recursos tecnológicos. Habló con los líderes y, en poco tiempo, ya estaba instalado en la nueva iglesia junto a algunos miembros fieles que lo acompañaron en el proceso.
“¡Si pudieras ver todo lo que tiene esta iglesia!”, me decía al principio. “Equipos de grabación, canal de YouTube, un buen auditorio… y lo mejor: los músicos nos ayudan con la alabanza del culto en español”.
Pero unos dos años después, lo llamé para saber cómo iba todo. Su respuesta me sorprendió: “Aquí las estrategias no son tan eficientes; el modelo de enseñanza es limitante; y el número de asistentes sigue siendo reducido”. Sin muchos detalles, me confesó que estaba pensando en mudarse de ciudad. “Dios me está guiando a comenzar un nuevo proyecto ministerial”, me dijo.
Yo entendía bien sus luchas, porque también eran las mías: altas expectativas, pocos resultados. Y fue entonces cuando comencé a notar algo: ambos teníamos una idea de éxito basada en números. Cuando medimos nuestra misión por la cantidad de frutos visibles, corremos el riesgo de frustrarnos… y de perder el sentido de lo que hacemos.
LA EXTRAÑA LÓGICA DE JESÚS
Si ese criterio fuera correcto —si el éxito se midiera por seguidores, recursos u oportunidades—, entonces Jesús habría sido el mayor fracaso de la historia. Tres años y medio de ministerio, miles de personas impactadas, y terminó solo. Rechazado por los líderes religiosos, incomprendido por muchos, abandonado por sus discípulos y tratado como criminal por el Imperio romano. El mismo que enseñó: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16), murió colgado de un madero, desnudo y avergonzado.
Entonces surge la pregunta: ¿cuáles eran los frutos de Jesús? ¿Cómo se mide su éxito?
Algo muy distinto debía haber en su manera de ver las cosas para que, aun habiendo dicho que el árbol que no da fruto debe ser cortado, considerara su misión como la más importante de todas.
Jesús nos enseña que el éxito no se trata de tener muchos frutos o talentos, sino de ser fieles. Dios no mide nuestro éxito en términos cuantitativos, sino cualitativos.
Un ejemplo claro es cuando Jesús maldice la higuera, no porque diera poco fruto, sino porque no daba ninguno (Mateo 21:18–19). Él esperaba que cumpliera su función fielmente. Y en la parábola del sembrador, distingue entre la buena tierra que da fruto al treinta, al sesenta y al ciento por uno (Mateo 13:8). ¿Por qué hace esta diferencia? Para que entendamos que Dios no evalúa la cantidad, sino la fidelidad.
Muchas veces me he preguntado: Jesús, ¿cómo ves tú las cosas? ¿Cómo pudo mantenerse firme en su camino a Jerusalén, a pocas horas de la cruz, a pesar del aparente fracaso de su ministerio?
Isaías 53:11 dice: “Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho…”. ¿De qué fruto habla? De su fidelidad. El Padre midió el éxito del Hijo no por multitudes, sino por obediencia. Y Jesús fue fiel.
MAYOR FIDELIDAD, MAYOR GLORIA
Al pensar en esto, recuerdo a mi amigo pastor. Hay métodos para acelerar el crecimiento, pero nada puede acelerar la fidelidad. La fidelidad toma tiempo, no admite atajos. Se vive en lo cotidiano: en seguir enseñando aunque sean pocos, en servir aunque nadie lo aplauda, en amar aunque no se note.
En nuestra última conversación llegamos a esta conclusión: “Mayor gloria damos a Dios cuanto más fieles somos a Él”.
Tal vez hoy Dios te ha confiado algo que a los ojos del mundo parece pequeño: un grupo reducido, pocos recursos, un sueño que otros no valoran. Pero el Señor se complace en la fidelidad, no en las estadísticas.
Así que no te midas por los estándares del mundo. Dios te está viendo. Y ser fiel —en lo poco o en lo mucho— es nuestra verdadera responsabilidad. Los resultados están en sus manos.
Ahora te dejo con algunas preguntas para reflexionar:
- ¿Cómo estás definiendo el éxito en tu vida hoy?
- ¿Estás siendo fiel en lo que Dios ya te confió?
- ¿Qué cambiaría si midieras tu vida por obediencia y no por resultados?
Tal vez ahí comience una nueva manera de vivir tu llamado.
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